De la teoría a la acción
Con base a lo aprendido en el blog, el siguiente libro ponemos en practica localizando algunas palabras
Amor de viejo
El buen don Facundo
He aquí que el autor va a explicar en dos palabras el motivo de tanta admiración.
Don Facundo Cabeza de Vaca usaba no hace mucho
tiempo, un frac raído y sucio desde el cuello hasta la
partícula última de los faldones, sobre que no se lo quitó
para nada durante
doce años, haciendo esta cuenta por supuesto económicamente. En compañía de ese frac llevaba un sombrero alto
tan mantecoso, como quebrado y lleno de picaduras,
sumido hasta las cejas y dejando ver por detrás de la cabeza algunos mechones de pelo lacio
y muy desordenado. Su chaleco y su corbata eran
dos hilachas verdaderamente inservibles. De la cintura
para abajo traía unos que él
llamaba sus pantalones, pero que no eran
sino un zurcido de puntadas con hilos de todos colores y un hacinamiento de sustancias aceitosas.
En los pies ostentaba unas botas llenas de
remiendos, con los tacones, es decir, con los
restos de tacones
queriendo tocar retirada por sendas opuestas, botas que hubiera
desechado el más infeliz pordiosero. La camisa…
ustedes dirán: acostumbraba
mudársela cada dos, y hasta cada tres
semanas… ¿cómo estaría? Con todas estas
suciedades, con toda esta grasa encima, don
Facundo estaba asqueroso, repugnante, ¡feo!
Pero de la noche a la mañana, se ha presentado con botines y sombrero nuevos… con levita, chaleco y pantalones
flamantes, acabados de salir de la sastrería…
con corbata de raso azul… con camisa y
pañuelo limpios… con reloj y cadena de oro,
pues esas
prendas que antes eran de plata, las vendió en
medio de sus ardides por el doble de lo que le costaron. Por último, se niveló los pocos cabellos que andaban en confusión por detrás de la cabeza, se
afeitó, se cortó las uñas, etcétera, etcétera.
Por
eso preguntábamos al principio: ¿qué es lo que ha sucedido a don Facundo
Cabeza de Vaca?
Lucido quedaría un autor de
novelas con ver esas cosas extraordinarias y quedarse sólo haciendo
cruces o contentarse con preguntar al
que va pasando:
“Dispense usted, caballero, ¿puede usted decirme en qué consiste
que la esposa de don Nicomedes ha echado carruaje, doña Escolástica no sale ya
a paseo con su marido y el empleado de rentas, don Nabor, ha comprado una
casa?” ¡Qué vergüenza para un novelista que se pusiera a preguntar esas
puerilidades! No, señor; el que profesa la noble misión de contar vidas
ajenas debe ser curioso, debe meterse en cuanto hay, debe averiguar, pero con
vista de ojos, cuanto aparezca para los demás como un misterio, debe, en fin,
cerciorarse de todo para no quedarse con duda de nada, y poderlo contar letra
por letra.
He aquí explicada la razón de que el autor
de esta verídica historia pueda entrar en los siguientes pormenores.
Don Facundo Cabeza de Vaca, aquí para entre nosotros,
se
ha enamorado como una bestia feroz de un palmito que, francamente, vale la
pena: es frondosa la muchacha como una lechuga, tiene unos brazos que parecen
de mantequilla, unos ojos que alumbran, una boca como un botón de rosa, canta
bien y no cuenta más que diez y ocho años.
Pero antes de entrar de lleno
en la materia, séanos permitido echar una ojeada, una ojeada que será muy
rápida, sobre los antecedentes y consiguientes de don Facundo.
Tenía nuestro héroe unos treinta
años cuando contrajo sus primeras nupcias con una joven de veintitrés, que
según las crónicas era linda como un querubín; pues quién sabe por qué raros
caprichos de la suerte, los hombres horrorosamente feos saben hacerse querer
de las mujeres extremadamente hermosas, lo mismo que las calaveras de las niñas
de juicio y los pícaros de las que tienen una buena hacienda que poner en
derroche.
Dos años solamente duraron
para nuestro
protagonista las dulzuras del matrimonio, muriendo al cabo de ellos su cara
mitad, de un mal desconocido en las clínicas: ¡de hambre!
La infeliz fue víctima de las
exageradas economías que introdujo en sus gastos domésticos don Facundo Cabeza de
Vaca.
Dio a luz la bella
Dolores (así se llamaba aquella cónyuge infortunada) un niño
primoroso; vino después de eso la dieta de cuarenta días, aconsejada por
una comadre de tercer grado que la asistió, y don Facundo, en vez de
permitir que la enferma despachara una gallina diaria, para lo cual le sobraba
apetito, sólo consentía en que se comiera medio pollo, pretextando que se
encontraba aún muy delicada para que anduviera con gollerías.
Luego vino la debilidad, después los vértigos y al fin una
consunción que la hizo cerrar los ojos para siempre…
Don Facundo la lloró con todo el dolor de
marido, asegurando en medio de las lágrimas con que estuvieron tres días
inundados sus ojos, que su conciencia estaba tranquila porque había hecho
cuanto cabía en lo humano, sin omitir gasto alguno, para evitar que sucediera
aquella desgracia, pero que ya estaba de Dios seguramente que su idolatrada
esposa falleciera en el primer alumbramiento.
El niño siguió a la
madre, a los tres meses, de la misma enfermedad. Don Facundo luchó como un
héroe buscando nodrizas que consintieran en ganar dos o tres pesos al mes…
¡vana esperanza!, no hubo una sola que se prestara a amamantar al niño por tan
poco dinero. Entonces se compró una cabra parida y con leche de ésta, con
atolitos, agua de cebada y otros alimentos baratos, trató don Facundo de nutrir
al angelito; pero seguramente su naturaleza no se quiso prestar a este género
de vida, pues pronto le sobrevino una diarrea fulminante que no se pudo cortar
sino en el cementerio
Es preciso advertir que al
casarse don
Facundo contaba con unos veinte mil pesos de capital; más había dicho a su mujer
que era preciso hacer economías, hasta completar cuarenta mil. “El día que
completemos esa cantidad indispensable para no morirse de hambre ni verle la
cara a nadie en el mundo —le dijo—, ese día comenzaremos a ser espléndidos en nuestros
gastos: añadiremos por ejemplo a la comida un nuevo potaje, que ahora está muy
escasa, lo confieso; habrá fruta los domingos, dulce el día de mi santo y del
tuyo, nos alumbraremos con velas de a cuartilla e iremos en el año dos o tres
veces al Coliseo… ya verás, ya verás cómo nuestra vida va a ser entonces una
fiesta continuada.”
Pero, ¡ay!, la infeliz
esposa murió precisamente la víspera del gran día en que, después de consumado
un negocio soberbio, iban a completarse los cuarenta mil pesos.
Después de esos
acontecimientos fúnebres sucedió una cosa muy natural: don Facundo lloró a su mujer
y a su hijo muertos por espacio de seis meses, en que no hablaba de otra
cosa a cuantos ocurrían a pedirle dinero a premio. Una vez que hubo expirado
ese término fatal, ya no volvió a pensar en tal cosa, pero en cambio tampoco
pensó en volver a casarse.
Como era hombre que tenía una
pasión decidida por el dinero, consideró difícil encontrar una
mujer con las mismas inclinaciones. Calculó, como buen calculador, que el
matrimonio requería gastos, y se resolvió a permanecer en soltería. No cultivaba
amistad con ninguna familia, por no caer en tentaciones; huía de los paseos, y
aun bajaba los ojos en la calle para no ver a las mujeres, comprendiendo que
éste era el más flaco de sus lados: así es que estaba consagrado enteramente a
la austeridad de una vida mercantil y ascética.
1. Sustantivos
2. Adjetivos
3. Adverbios
4. Preposiciones
5. Conjunciones
6. Pronombres
7. Verbos.

Buen trabajo!
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